Un artículo de Denis Pascon, chemsex.

Chemsex: una definición

Chemsex es un término que define la práctica del sexo en grupo con uso de drogas para alterarse a nivel físico y psicológico. En EEUU este fenómeno se conoce también con la expresión Party and Play (PNP). En España lo reconoces cuando ves en las app de ligoteo expresiones como fiesta privada, sesión, colocón.

A la hora de entender la práctica del chemsex un aspecto relevante es el tiempo. El encuentro sexual suele ser largo. Los efectos de ciertas drogas permiten a los participantes desinhibirse emocionalmente, sobreexcitarse y retrasar la eyaculación. Esto explica por qué las sesiones pueden empezar con algunas horas y desarrollarse incluso durante días.

Este artículo quiere ser una reflexión sobre este fenómeno y sobre sus consecuencias físicas y psicológicas.

 

Chemsex: ¿por qué representa un problema?

El término chemsex se ha puesto de moda gracias al documental homónimo de William Fairman y Max Gogarty. En la película por primera vez se describe el mundo de las sesiones. Entrevistando personas reales, se explica por qué esta práctica va mucho más allá de un simple uso recreativo de drogas.

Por lo visto, el problema del chemsex no está en utilizar sustancias, ni en tener relaciones sexuales con más personas al mismo tiempo. El verdadero problema está en el hecho de que las dos cosas ocurren a la vez, dando lugar en el corto y largo plazo a consecuencias que necesitarían atención y tratamiento específicos.

El uso de drogas suele producir una desconexión cognitiva: los miedos asociados con las enfermedades de transmisión sexual (ETS) disminuyen. Al mismo tiempo, la capacidad de decidir de manera consciente puede verse afectada. Este mecanismo, unido a cierta desinhibición emocional y a un alto nivel de excitación, puede llevar a que la persona consienta ciertas prácticas sexuales que en otras ocasiones no hubiera aceptado. El sexo sin condón es casi siempre la regla.

Las ETS son la consecuencia más inmediatas de las sesiones. En los contextos urbanos se registra desde hace años un aumento de VIH, hepatitis A, gonorrea y sífilis (Plan Estratégico de Prevención en España: 2013-2016).

Sin embargo, en el medio y largo plazo la práctica habitual de chemsex lleva también a la adicción (a sustancia, a conducta sexual o a ambas) y a trastornos psicológicos graves (inhibición afectiva, problemas sexuales, ansiedad y depresión).

 

Cómo se organizan las sesiones y quién participa.

Entender la difusión del chemsex es imposible sin hacer referencia a la web y a las app de geolocalización. Estas dos herramientas hacen que el contacto entre personas pueda ser increíblemente rápido y accesible. Al mismo tiempo, como evidencia Kane Race, estas tecnologías afectan de por sí la percepción de la realidad haciendo que el usuario medio reste importancia a sus conductas en el mundo real. Incluso si lo uso para organizar sesiones de sexo entre desconocidos, Grindr sigue siendo un “juego para adultos” disponible como muchos otros en un “playstore”.

El contacto real entre los participantes suele darse en casas privadas o en locales.

Sería un error muy grave pensar que las sesiones de droga y sexo son una práctica exclusiva de la comunidad gay. Así como ocurrió hace cinco años con las app de encuentro, cada vez más personas heterosexuales y bisexuales se suben al carro con increíble entusiasmo.

Sin embargo, para entender el chemsex y sobre todo sus orígenes, pueden ser útiles algunas reflexiones específicas sobre la cultura gay.

Dedicaré mi próximo artículo a todas las sustancias que se utilizan en la práctica del chemsex; en este texto me limitaré a algunas reflexiones sobre cómo ha cambiado en el tiempo el uso de ciertas drogas.

 

Las drogas y las sesiones.

“Nombra una droga, una droga cualquiera, y una escena social aparecerá de repente en tus ojos. La marihuana y el mundo del hip-hop, el éxtasis y los clubbers, la cocaína y los escaladores sociales. Pero raramente una droga se ha relacionado tanto a una subcultura como el crystal meth y la escena gay underground de los años 2000” (Robert Keitzman).

El nuevo milenio representa para muchas personas el despertar de una pesadilla que se llama SIDA, y lleva consigo un milagro que se llama fármacos: cada vez menos y cada vez más eficaces.

Ser homosexual ya no significa pasear en soledad por las calles de Philadelphia. Ni tener que pagar el precio de la discriminación de por vida. Los hombres gays empiezan a ocupar un peso determinante en una economía cada vez más global. Dan origen a nuevos modelos de referencia. No obstante, siguen presentes implicitamente muchas inquietudes y cierto estigma interiorizado.

Este es el contexto histórico y cultural específico en el cual se difunde la metanfetamina. Más barata que la cocaína y más eficiente. Estimula, da sensación de bienestar y al mismo tiempo aumenta drásticamente el apetito sexual.

Work hard, play harder. Las fiestas a base de sexo y drogas y su decadencia hacen tendencia convertiendose en un estilo de vida. Metanfetamina, cocaína, ketamina y GHB se convierten en ese elemento que facilita la desconexión de los problemas, la exploración sexual y el contacto íntimo con otras personas. Estas sustancias permiten que tal contacto pueda ser fluido, bajando la percepción de los riesgos y los miedos interiorizados. Al mismo tiempo, crean una barrera a una intimidad real. Garantizan así el máximo placer al mínimo coste (emocional) posible.

 

El sexo y las sesiones

El uso de sustancias y el alto nivel de excitación hacen que las sesiones se conviertan en algo especial. Un espacio idoneo para explorar el sexo sin muchos límites y sin sentirse juzgados. Alex Pollard habla de este concepto utilizando la expresión “hedonistic safe-space”. Si el único miedo que queda, en definitiva, es lo relacionado a la performance (tener un buen rendimiento sexual), siempre hay a disposición el Viagra.

El papel facilitador de las drogas obviamente pasa factura. El consumo de metanfetamina, por ejemplo, puede causar heridas y abrasiones en la boca. Y eso convierte el sexo oral en una actividad de alto riesgo. En el caso del fist fucking, sustancias que permiten una mayor relajación muscular, como la ketamina, inhiben al mismo tiempo la percepción del dolor en zonas del colon que ya de por si presentan poca sensibilidad. La hepatitis C, enfermedad muy infravalorada, representa uno de los mayores riesgos en esta práctica.

Más allá de las consecuencias físicas e inmediatas, la conducta sexual se puede ver afectada por toda una serie de mecanismos psicológicos. En esa anestesia sexual que tiene como único objetivo el placer y la desconexión, en la cual la percepción del miedo se baja artificialmente, el límite entre lo decidido y lo impuesto se puede hacer increíblemente sutil. De repente, alguien podría verse haciendo sexo con una persona que no le gusta. De aquí a situaciones de sumisión forzada el paso podría ser muy breve. Llegando incluso al chantaje y al abuso sexual.

 

Cuando las sesiones se convierten en hábito: consecuencias

Artículos e investigaciones sobre el chemsex suelen poner entre las primeras consecuencias, obviamente, la transmisión del VIH. Es una consecuencia frecuente. Los participantes de las sesiones no suelen hablar de su estado serológico. Para entenderlo hay que reflexionar de nuevo sobre el cambio de actitud de una generación entera sobre el VIH. “Puedes tener una vida normal, solo se trata de tomarte una pastilla al día”.

En algunas situaciones ciertas personas VIH- podrían incluso aumentar a propósito el número de parejas sexuales y de prácticas de riesgo para poder infectarse, confirmandose a sí mismas que el miedo a tener el virus es mucho peor que tenerlo de verdad.

Hablaré sobre VIH-fobia en otro artículo. Aquí me gustaría destacar que el VIH no es la sola consecuencias del chemsex ni- según muchos- la más grave.

Las drogas tienen a largo plazo una serie de consecuencias muy específicas. Entre ellas el insomnio, la manía, la inestabilidad emocional, la paranoia y la ansiedad.

Muy a menudo se convierten en una parte necesaria del sexo también fuera de las sesiones. Además, pueden llegar a afectar el normal funcionamiento de la persona. Este suele ser el momento en el que se busca un tratamiento específico.

 

Chemsex: ¿Quién busca tratamiento?

La mayoría de los pacientes que buscan un psicoterapeuta para empezar un tratamiento, no lo hacen por practicar chemsex de manera habitual. Lo hacen porque le ha pasado algo grave. Por ejemplo han perdido un trabajo, una pareja o una vida social real. También lo hacen porque tienen disfunciones sexuales o simplemente no consiguen tener sexo sin drogas.

El deseo sexual se presenta alterado (a veces en exceso, con una activación constante de fantasía sexual, a veces llegando a ser inexistente) y el sexo sobrio con una sola persona puede haberse convertido en algo insípido y gris. Tener una relación afectiva satisfactoria parece cada vez más complejo.

A veces alguien tiene la impresión de tener en sí dos personas diferentes. Una, “aparentemente normal”, busca algo íntimo de verdad y una vida tranquila, imponiéndose las reglas de una normalidad idealizada. La otra, busca la satisfacción inmediata del deseo sin complicaciones. La primera parte acaba siendo una “máscara socialmente aceptable” de la segunda, que se percibe -a nivel consciente o inconsciente- como fuente de vergüenza y de rechazo. Es aquí que nace esa distancia entre satisfacción sexual e intimidad afectiva. Se aprende que las dos necesidades no se podrán satisfacer nunca a la vez. En el medio es como si hubiera un muro. Más grande esta incoherencia, más grande el esfuerzo necesario para ocultarla.

 

Chemsex: ¿por qué?

A la hora de entender las razones por las cuales las sesiones se convierten en un hábito, es necesario puntualizar un concepto. Una alerta social excesiva y distorsionada sobre el fenómeno puede favorecer una representación del hombre gay medio como persona inestable y auto-destructiva.

El riesgo de confirmar viejos y tristes estigmas sociales es muy alto y no permite entender objetivamente un problema que es más amplio de lo que se percibe. El chemsex no es algo que tenga que ver solo con los hombres gays, por lo tanto sería muy ingenuo considerarlo exclusivamente como el enésimo problema relacionado con una falta de aceptación de la propia orientación sexual.

Percy Fernández Dávila en su excelente investigación nos propone una lista muy variada de razones para entender el fenómeno. Entre ellas, se pueden destacar:

  • El deseo de experimentar más a nivel sexual. La voluntad de alcanzar un mayor nivel de desinhibición y de seguridad personal.

  • El deseo de contactos sociales, de conocer otras personas o de sentirse parte de un grupo.

  • Una búsqueda de intimidad y de contacto emocional a bajo coste afectivo.

  • El deseo de desconectar y perder el control para no pensar en ciertos problemas estresantes. Circumstancias en la familia, en los afectos o en el trabajo. También por no poder aguantar cierta presión impuesta por uno mismo o por los demás.

  • El querer sentirse validado como persona sexual y fisicamente. También el poder tener acceso a hombres que en situaciones normales podrían parecer inaccesibles.

La práctica del chemsex acaba siendo un hábito por una razón muy clara. “Por canalizar – a través del sexo – deseos, carencias, necesidades, experiencias personales y frustraciones”.

 

Necesidades.

Volvemos una y otra vez a la misma pregunta. ¿Cuáles son las verdaderas necesidades que se esconden detrás de un hábito tan disfuncional? ¿Y cuál sería la mejor manera para satisfacerlas de verdad?

Si una persona quiere participar en una sesión para divertirse, respetando a los demás, no hay ningún problema. Pero si una persona lo necesita, significa que el peso de esta conducta en su funcionamiento mental es totalmente distinto. ¿Por qué lo necesita? ¿Y desde cuándo?

Estas preguntas podrían ser una excelente manera para empezar un tratamiento. Las respuestas puede ser muy complejas y necesitar mucho trabajo. A veces buscar en el pasado, entre patrones que han ido aprendiéndose y generalizándose poco a poco, es la clave. Mientras tanto, nos quedaremos con una moraleja muy simple.

El sexo no es ni malo si sucio. Al revés: es una parte fundamental del crecimiento de una persona: a nivel social, afectivo e incluso emocional. Hoy en día poder disfrutar de una sexualidad más libre y sin tantas hipocresías es una conquista. No obstante, como cualquier conquista, requiere responsabilidad.

A veces la mejor manera para cuidarse de uno mismo, y la libertad más revolucionaria y transgresora, es la de poder decidir lo que se hace de manera consciente.

La libertad de poder decir, bien despierto: “esto no lo quiero”.