Mª José Cantudo | “Dime que no llegué tarde” (1973)

 

El príncipe azul. Fantasía romántica y fantasía sexual.

Cuando era pequeño en las tardes de verano mi madre como muchas otras madres leía novelas rosas. Lo hacía sentada en su sillón, mientras que todo el mundo se echaba la siesta. De vez en cuando, se quitaba las gafas y miraba algún punto indefinido de la habitación. Fantaseaba sobre el príncipe azul de ese cuento, esperando el momento exacto en que revelara sus verdaderos sentimientos a la protagonista, su amor puro y eterno.

También yo fantaseaba, aunque la trama de la novela no me interesaba mucho. Estaba pendiente de una fantasía más oscura que todavía no podía entender bien. Me fijaba en esos hombres fuertes y rudos que en las portadas de las novelas agarraban a esas pobres chicas castas e ingenuas. Sobre todo, miraba esos brazos lleno de músculos y esos rasgos tan masculinos. Siempre de príncipe azul se trababa, pero en mi caso más que romanticismo se activaba una pulsión diferente. Sin saberlo, estaba apareciendo por primera vez en mi vida la fantasía sexual.

 

La fantasía: mecanismos.

Al llegar a la última página, mi madre se quitaba las gafas y miraba alrededor. Lo que veía era la mesa por recoger, la ropa para planchar y cuatro hombres en casa dando guerra. Empezaba el desencanto. Los viajes de mi madre a ese mundo rosa eran muy cortos: diez, tal vez quince minutos de lectura. Sin embargo hay personas que llegan a sentirse tan bien en su imaginación, que pasan más tiempo allí que en el mundo real.

La fantasía es un fenómeno complejo y hoy en día la investigación neuropsicológica sigue buscando modelos que puedan explicar cómo conseguimos imaginar cosas y situaciones que nunca vivimos directamente (Andrey Vyshedskiy, The neuroscience of imagination). Los efectos positivos de la fantasía y del juego en el desarrollo de los niños han sido ampliamente demostrados.

No obstante, en ciertos casos la imaginación puede llegar a interferir notablemente en la percepción del mundo que tenemos alrededor, distorsionándola (Henrik Ehrsson & Christopher Berger).

Todos hemos jugado de niños a polis y ladrones, doctor y paciente, monstruos y víctimas. Y todos jugamos también por nuestra cuenta, con muñecas y ositos, inventándonos mil historias. ¿Pero qué pasa con ese niño que vive todo su día en un mundo de amigos imaginarios y perfectos? Esas personas invisibles hablan con él, le dan consejos, incluso llegan a ser sus referentes: mucho más que los padres, mucho más que los maestros. Sin embargo, esos amigos invisibles no le ayudarán a la hora de jugar con otros niños. Le dan la ilusión de sentirse visto, aceptado, amado incondicionalmente. Pero solo es una ilusión.

Ese niño abre los ojos. Y a lo mejor en casa no hay nadie, solo una televisión encendida.

 

La fantasía romántica. Y la psicoterapia.

Pensemos ahora en todos los hombres que siguen perdiéndose en sus fantasías. Muy a menudo no saben cómo manejar la frustración y por eso están las veinticuatro horas en un mundo idealizado hecho de “siempre” y de “nunca”. Chocan una y otra vez sus cabezas contra el muro de la realidad: y duele. Anticipan el momento en que por fin lograrán ese amor perfecto y puro y se acabarán los problemas; se pierden en esa sensación placentera de imaginar cómo ocurrirá, con todos los detalles. Bodas maravillosas, casas de revista, perros jugando y olor a ropa limpia.

Mientras, pasan la vida descartando a chicos que no encajan con su “tipo ideal”: para buscar su media naranja tiran a la basura kilos y kilos de oportunidades.

Si descubren una mentira, un engaño, un problema, en lugar de ver en eso una posibilidad para crecer, lo consideran la prueba más dolorosa de haberse equivocado: no era ese el príncipe azul que buscaban.

Si han sido dejados, no logran aceptarlo: proyectan en su cabeza una y otra vez las pruebas de que esa historia era amor de verdad; siguen persiguiendo a su ex en las redes sociales y se sienten incomprendidos. Miles de llamadas a ese número, y muchísimas cartas en que se escribe siempre lo mismo: estamos hechos el uno para el otro, sé que volveré a conquistarte.

 

La fantasía sexual y la pornografía.

Sin embargo, la fantasía romántica no es el único tipo de fantasía que veo cuando hago psicoterapia. Muchos otros problemas se relacionan con un tipo de imaginación un poco diferente.

La fantasía sexual es lo que se activa cuando miras pornografía y te imaginas allí. Cuando un cruce de miradas con un chico en la calle desencadena la idea de un encuentro sexual inmediato. Se activa también cuando estás con tu novio pero realmente tienes los ojos cerrados y piensas en las dos situaciones anteriores.

Tal vez este tipo de imaginación da lugar a películas mentales que podrían parecer más básicas. Cualquier situación es una excusa para que pueda ocurrir algo turbio. El hombre de la gasolinera, y cómo te ha mirado. El camarero, que te ha rozado la mano devolviéndote el dinero. El tío que está duchándose en el vestuario.

Volvemos al lado oscuro de la fantasía: ¿qué pasa si estas imágenes llegan a ocupar gran parte del tiempo, distorsionando la percepción del mundo real?

En el 2017 el acceso a la pornografía es ilimitado. Creo que esto acaba afectando nuestra imaginación. ¿Qué cuerpos nos esperamos encontrar si estamos mirando siempre músculos en HD? ¿Tanta pornografía afecta nuestra manera de vivir la sexualidad? ¿Cómo han cambiado las prácticas en los últimos cinco años? ¿Cuándo fue la última vez que viste un video porno donde usaban un condón? ¿Esto afecta la manera de imaginar una relación sexual?

Muchas preguntas y una idea que raramente nos pasa por la cabeza. Una peli porno es una peli porno: esos tíos son actores y tienen alrededor luces, micrófonos y asistentes. Igual se aburren haciendo eso, ya que para ellos es trabajo. Igual ellos también están fantaseando: con un mundo en que no tengan que ser apreciados solo por como follan.

 

La fantasía patológica.

Por raro que pueda parecer la fantasía sexual y la fantasía romántica son dos caras de la misma moneda.

Como escribe Robert Weiss en su libro “Cruise Control”, el simple acto de imaginar genera cambios neuroquímicos en el cerebro. Adrenalina, serotonina, dopamina, endorfinas: empieza la fiesta.

La imaginación, si así la consideramos, sería el instrumento más accesible para alterarnos.

Si yo imagino tener sexo con mi vecino, estoy activando cierto placer y excitación sexual. Si imagino hacerlo mientras mi novio está trabajando fuera, estoy activando el miedo también: podría descubrirme. El mix neuroquímico que estoy provocándome puede ser fortísimo. Si necesitara una dosis más alta, podría incluso tocarle el timbre con una excusa cualquiera. Esto podría darme aún más material para construir mi fantasía: su casa, lo que lleva puesto, cómo me abre la puerta. Pornografía.

Las vías de la fantasía son infinitas. El viernes conocí a un chico en una discoteca. Nos besamos. Estoy en la cama y ya imagino cuándo lo volveré a besar. Voy más allá: construyo ese momento en el cual me enviará flores y me dirá con su voz grave: te quiero. Imagino todas las mañanas que despertaré con él, y largos paseos en el parque.

Cuanto más grande la fantasía, más grande la decepción. Abro los ojos y estoy solo. En la mesilla de noche, mi móvil. Ya es martes, y no ha vuelto a escribirme. Todo parece más gris.

 

La psicoterapia y la fantasía.

El primer paso para trabajar la fantasía en una psicoterapia es preguntarse cuánta energía invertimos en construir situaciones imaginarias, y con cuáles consecuencias. No hay nada malo en fantasear con ese chico que nos mira en el metro; sin embargo, bajar a su misma parada y seguirle con insistencia, podría representar un problema si la situación ha sido malinterpretada. Una herramienta útil a la hora de comprender que ocurrió es tomar nota de todo lo que pensábamos y sentíamos en ese momento. ¿Qué me esperaba de ese chico? ¿Cómo me siento tras haber entendido que me equivocaba? ¿Cuándo fue la primera vez que me ocurrió algo así?

Entender las razones por las cuales hemos acabado viviendo más en nuestra imaginación que en la realidad, significa pensar en las frustraciones que probablemente están detrás de este mecanismo. Como dicen, las soluciones están en los huecos; pero para conocer y aceptar los huecos se necesita quitar poco a poco ese telón coloreado que un día les pusimos encima.

La fantasía así entendida puede cumplir funciones totalmente diferentes. Según las circunstancias por ejemplo, podría configurarse como estrategia de evitación o como mecanismo de compensación.

Pensemos en ese chico que nunca llegó a aceptar su orientación sexual. Está convencido que dirá a su familia que es gay el día que encuentre al hombre de su vida. Ese día será maravilloso. Sin embargo, hasta ahora nunca ha encontrado una persona que pueda estar a la altura de un momento tan importante, y sigue evitando el tema.

Pensemos también en ese hombre que se siente insatisfecho del sexo con su pareja. Durante toda su vida aprendió que el sexo era algo vergonzoso y no sabe hablar del asunto. Por esta razón, sigue compensando el deseo sexual insatisfecho en su fantasía. Escucha los ruidos del vecino que vive al lado, fantaseando sobre lo que está haciendo e imaginando que antes o después tendrá con ese hombre el polvo de su vida. Pornografía.

 

El duelo de un mundo fantástico. Psicoterapia.

El duelo de un mundo fantástico puede ser doloroso. No hay príncipe azul y tal vez nuestro vecino es un chico normal y corriente, que piensa más en el fútbol que en otra cosa. La realidad puede parecer un poco más gris: tal vez simplemente en su momento nos deslumbramos con colores excesivamente brillantes. Tras haber quitado el telón, descubrimos un espejo con nuestras verdaderas fragilidades. Ha llegado el momento de afrontarlas con valentía y de aprender de ellas. Incluso si nos parecía bonito o excitante, ese mundo de colores era precisamente lo que nos tenía bloqueados, impidiéndonos avanzar.

Lo siento, los Reyes Magos no existen. Entiendo que esto pueda ser doloroso pero mira: si sabes que no existen, puedes finalmente entender como están las cosas.

Los que los que te hacían tantos regalos eran tus padres: y te querían. A lo mejor no eran perfectos, pero verte sonreír mientras abrías los regalos les hacía mucha ilusión.

La psicoterapia.

La psicoterapia