Perfeccionismo, autoexigencia y miedo al fracaso

Eres lo que haces: hazlo mejor

Leí un día en la biografía de Madonna —la que escribió su hermano— que la estrella del pop siempre tenía en la mesilla de noche una hoja de papel. Cada mañana anotaba una lista de tareas pendientes. Por la noche, cada uno de esos puntos tenía que estar tachado.
“Así una chica cualquiera llega a ser un icono del pop y a hacer giras con vestidos de Jean Paul Gaultier”, pensé mirando mi mesilla vacía.

En ese mismo instante me acordé de una compañera de la universidad.

Era una de esas personas que siempre lo hacen todo bien, pero que nunca parecen disfrutarlo. Un día me contó que con siete años ya limpiaba la casa, se hacía la cama y cuidaba de sus hermanitos.
“Era toda una mujercita, y como era tan buena, mis padres me compraron una pizarra y muchos post-it de colores. Así podía organizarme y escribir todo lo que tenía que hacer. Me gustaba mucho pegar esos papelitos: amarillo, rosa, azul. Uno al lado del otro, todos en fila.”

Con esa compañera no mantuve contacto. No cabe duda de que habrá llegado muy lejos. Sin embargo, puedo afirmar que no disfrutó demasiado de aquellos años: siempre vivía en función del próximo examen, como si de esa nota dependiera toda su vida. A veces se le notaba cierta ansiedad.

Qué entendemos por perfeccionismo

Glenn Hirsch define el perfeccionismo como la creencia de que cometer errores es inaceptable. Las personas perfeccionistas suelen pensar que fallar las haría menos exitosas, menos valiosas y menos queribles. Su identidad y su autoestima dependen en gran medida de lo que hacen y de los resultados que obtienen.

Estas personas tienden a percibirse como la suma de logros visibles, prácticos y medibles. Para alcanzar sus objetivos utilizan de forma intensa la autoexigencia y la autocrítica, lo que suele generar un nivel constante de ansiedad de fondo.

Consecuencias del perfeccionismo en la vida cotidiana

El perfeccionismo no se queda solo en la cabeza. Tiene consecuencias muy concretas que, con el tiempo, se generalizan:

  • dificultad para tomar decisiones

  • atención excesiva a pequeños detalles

  • incapacidad para delegar tareas

  • exceso de tiempo dedicado al trabajo

  • y, paradójicamente, bloqueo o rendición por miedo a no hacerlo suficientemente bien

Este último punto nos lleva directamente a la relación entre perfeccionismo y autoestima.

Perfeccionismo, autoexigencia y autoestima

Alta autoexigencia y baja autoestima

Sería un error pensar que solo son perfeccionistas las personas exitosas. En la práctica clínica trabajo muy a menudo con personas deprimidas, bloqueadas o resignadas. Tienen un listón muy alto, están convencidas de que es fundamental alcanzarlo y, al mismo tiempo, creen profundamente que no lo lograrán.

Se identifican con lo que hacen, pero viven con la certeza de que nunca lo harán bien.

“Jamás tendré ese cuerpo”, “nunca conseguiré un trabajo digno”, “difícilmente escribiré ese libro…”.

Viven las 24 horas con una voz en la cabeza que les recuerda lo ineptas que son, oscilando entre la ansiedad y la depresión.

A veces pregunto de quién es esa voz. Algunos lo saben muy bien:


“Es la voz de mi padre, que se reía de mí.”
“Era mi madre, cuando decía que no sabía hacer nada.”
“Había una profesora que me humillaba delante de todos.”

Otros no entienden la pregunta. Es como si esa voz estuviera encerrada en una caja que da miedo abrir.

Alta autoexigencia y alta autoestima aparente

Luego están las personas que parecen funcionar como Madonna. Saben que pueden lograr sus objetivos y, de hecho, no hay quien las pare. Lo consiguen todo. Pero en lugar de disfrutarlo, utilizan cada logro como trampolín para exigirse todavía más.

Lo alcanzado deja de tener valor en cuanto se alcanza.

Lance Dodes define a estas personas como unhappy achievers (logradores infelices).

El autor describe la obsesión por alcanzar objetivos como si fuera una forma de adicción.
Tienen trabajos excelentes, buenos ingresos y reconocimiento social, pero se sienten vacías la mayor parte del tiempo. Alcanzan una meta tras otra sin encontrar la satisfacción que esperaban.

Esto puede derivar en sentimientos de soledad, ansiedad elevada y, en algunos casos, en actitudes grandiosas o defensivas: “Con todo lo que tengo que hacer, no tengo tiempo para estas tonterías”. La espontaneidad disminuye y aparece la competencia incluso en las relaciones personales.

En el fondo, también aquí se repite la misma idea: “me quieren por lo que logro”. El miedo a que todo eso desaparezca de un día para otro genera una ansiedad constante. Quitando los resultados, parece que no quedara nada.

Autoexigencia y amor condicional

Tanto en los casos de baja como de alta autoestima, el perfeccionismo suele estar vinculado a haber crecido en entornos de amor condicional. Jeffrey Young describe cómo muchas personas aprendieron que el afecto dependía del comportamiento, del rendimiento o de no generar problemas.

“Te quiero cuando sacas buenas notas, cuando no lloras y cuando no molestas.”

Este aprendizaje también puede darse por observación: padres incansables, siempre productivos, siempre ocupados, donde el descanso o la vulnerabilidad no tenían espacio. O a través de una crítica constante y machacante: “eres tonto”, “no sabes hacer nada”, “eres un vago”.

Con el tiempo, estas personas siguen siendo niños intentando “hacerlo bien” para merecer amor, sin sentirse nunca realmente satisfechas.

Autoexigencia y miedo al rechazo en personas LGBT

En las personas LGBT, la autoexigencia suele adquirir un peso particular.

Crecer sintiéndose diferente, oculto o potencialmente rechazado lleva a muchos a desarrollar una necesidad intensa de hacerlo todo bien como forma de protección.

Ser brillante, exitoso, atractivo o impecable puede convertirse en una estrategia inconsciente para compensar otras vulnerabilidades: el miedo al rechazo, a no ser suficiente o a no ser querido tal y como uno es.

Esta autoexigencia puede aparecer en el trabajo, en el cuerpo, en la sexualidad o en las relaciones, y suele ir acompañada de una gran dificultad para descansar, equivocarse o mostrarse vulnerable. El problema es que, incluso cuando se alcanzan los objetivos, el miedo de fondo no desaparece.

Cómo puede ayudar la terapia con la autoexigencia

El trabajo terapéutico con la autoexigencia no consiste en “bajar el nivel” ni en renunciar a las propias capacidades. Se trata de comprender de dónde viene esa exigencia y qué función ha tenido en la historia personal.

Desde un enfoque cognitivo y emocional, se trabaja la identificación de la voz crítica interna, la relación entre rendimiento y autoestima, y el miedo al error o al rechazo. Poco a poco, la persona aprende a diferenciar su valor personal de lo que hace o consigue.

Este proceso permite reducir la ansiedad, recuperar el disfrute y construir una identidad menos rígida, donde el “ser” no dependa exclusivamente del “hacer”.

Ser o hacer en la era digital

El contexto cultural actual tampoco ayuda demasiado. Vivimos en una época de objetivos constantes: cinco kilos en un mes, abdominales en una semana, caras sin arrugas en un día. Un mundo de imperativos, eficiencia y ansiedad.

El miedo al fracaso se extiende a los ámbitos más íntimos: las relaciones, los sentimientos, el sexo.


“Si este proyecto termina, dedicaré más tiempo a mi pareja.”
“Una vez que logre un trabajo mejor, me plantearé tener relación.”
“Después de perder 20 kilos, entonces sí…”

La estabilidad se persigue en un horizonte que nunca se alcanza.

Admitámoslo sin rodeos: el perfeccionismo es, en sí mismo, una propensión al fracaso. No siempre lo que se logra es lo más importante. A veces, los mejores resultados están en el proceso y en lo que nos permite sentir y aprender.

La tarea más difícil

Puede ser un buen momento para parar. Falta poco para acabar este artículo, no te preocupes. Cuando termine, podrías tomarte un par de minutos y mirar a tu alrededor. ¿Qué dice de ti? ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Y cómo te sientes ahora mismo?

Si tienes un espejo cerca, quizá sea el momento de mirarte. ¿Qué sientes al ver esa cara? ¿Te gusta? ¿Puedes sostener la mirada o te cuesta? ¿Cómo ha cambiado con el tiempo?

El reto más grande lo tienes frente a ti.

No se trata de hacer nada. De ahí la dificultad.

Se trata simplemente de mirar esa cara y aprender a quererte, hagas lo que hagas.

Para algunos, la tarea más difícil del mundo.

En la terapia individual, es común hablar de autoexigencia, perfeccionismo y miedo al rechazo, sobre todo con personas LGBTI. El enfoque cognitivo conductual suele ser clave a la hora de entender lo que está pasando y la terapia de esquemas puede ser clave para entender dónde aprendimos esos patrones. Si sientes que te gustaría profundizar estos temas, puedes escribirme usando este formulario. Trabajo en Madrid centro (paradas Bilbao e Iglesia) y propongo terapia presencial. El coste de una primera sesión es de 30 euros. El coste para sesiones siguientes de terapia individual es de 70 euros.

    enviando este mensaje acepto las condiciones de uso y la política de privacidad