Chemsex: sexo, consumo y consecuencias psicológicas

Chemsex: una definición

Chemsex es un término que define el uso intencionado de determinadas sustancias en contextos sexuales para modificar la experiencia a nivel físico y psicológico.

En EEUU este fenómeno se conoce también con la expresión Party and Play (PNP). En España lo reconoces cuando ves en las app de ligoteo expresiones como fiesta privada, sesión, colocón.
A la hora de entender la práctica del chemsex un aspecto relevante es el tiempo. El encuentro sexual suele ser largo. Los efectos de ciertas drogas permiten a los participantes desinhibirse emocionalmente, sobreexcitarse y retrasar la eyaculación. Esto explica por qué las sesiones pueden durar varias horas y prolongarse, en algunos casos, durante días.

Desde un punto de vista psicológico, quizá la pregunta más interesante no sea únicamente qué ocurre durante una sesión de chemsex, sino qué función empieza a cumplir esa experiencia con el tiempo.

Este artículo propone una reflexión sobre el chemsex, sus consecuencias psicológicas y el lugar que puede llegar a ocupar en la vida de una persona.

Cómo se organizan las sesiones y quién participa.

Entender la difusión del chemsex es imposible sin hacer referencia a las app de geolocalización como GRINDR y MACHOBB. Estas herramientas hacen que el contacto entre personas pueda ser increíblemente rápido y accesible. Al mismo tiempo, como evidencia Kane Race, estas tecnologías afectan de por sí la percepción de la realidad haciendo que el usuario medio reste importancia a sus conductas en el mundo real. Incluso si lo uso para organizar sesiones de sexo entre desconocidos, estas apps siguen siendo un “juego para adultos” disponible como muchos otros en un “playstore”.
El contacto real entre los participantes suele darse en casas privadas o en locales.

Sería un error muy grave pensar que las sesiones de droga y sexo sean una práctica exclusiva de la comunidad gay.

Aunque el término se ha estudiado especialmente en relación con hombres gays y bisexuales, el uso de sustancias en contextos sexuales no es exclusivo de la comunidad homosexual. Sin embargo, para entender el chemsex y, sobre todo, sus orígenes, pueden ser útiles algunas reflexiones específicas sobre la cultura gay.

Las drogas y las sesiones.

“Nombra una droga, una droga cualquiera, y una escena social aparecerá de repente en tus ojos. La marihuana y el mundo del hip-hop, el éxtasis y los clubbers, la cocaína y los escaladores sociales. Pero raramente una droga se ha relacionado tanto a una subcultura como el crystal meth y la escena gay underground de los años 2000” (Robert Keitzman). El nuevo milenio representa para muchas personas el despertar de una pesadilla que se llama SIDA, y lleva consigo un milagro que se llama fármacos: cada vez más accesibles y cada vez más eficaces.
Ser homosexual ya no significa pasear en soledad por las calles de Philadelphia. Ni tener que pagar el precio de la discriminación de por vida. Los hombres gays empiezan a ocupar un peso determinante en una economía cada vez más global. Dan origen a nuevos modelos de referencia. No obstante, siguen presentes implicitamente muchas inquietudes y cierto estigma interiorizado.

Este es el contexto histórico y cultural específico en el cual se difunde la metanfetamina, o tina.

Más barata que la cocaína y más eficiente. Estimula, da sensación de bienestar y al mismo tiempo aumenta drásticamente el apetito sexual.

Work hard, play harder. Las fiestas a base de sexo y drogas, con sus excesos y su decadencia, se convierten en tendencia y, para algunos, en un estilo de vida.

Metanfetamina, cocaína, ketamina y GHB se convierten en elementos que facilitan la desconexión de los problemas, la exploración sexual y el contacto íntimo con otras personas. Pueden hacer que ese contacto resulte más fluido, reduciendo temporalmente la percepción del riesgo, la inseguridad y algunos miedos interiorizados.

Pero, más allá de sus efectos, quizá sea importante preguntarse qué permite el consumo: desinhibirse, conectar con los demás, mantener el deseo, sentirse seguro o simplemente desconectar.

Las sustancias no cumplen necesariamente la misma función para todas las personas. En algunos casos pueden facilitar la exploración; en otros, la conexión o la evasión. También pueden crear una barrera frente a una intimidad más profunda. Comprender qué función cumple el consumo puede ser más importante que limitarse a observar qué se consume. De alguna manera, permiten buscar el máximo placer con el mínimo coste emocional posible.

El sexo y las sesiones

El uso de sustancias y el alto nivel de excitación hacen que las sesiones se conviertan en algo especial. Un espacio idóneo para explorar el sexo con menos límites y sin sentirse juzgado. Alex Pollard habla de este concepto utilizando la expresión “hedonistic safe-space”. El miedo, la inseguridad o la vergüenza pueden quedar temporalmente en un segundo plano. Para muchas personas, precisamente ahí reside una parte del atractivo del chemsex: sentirse más libres, menos inhibidas y capaces de explorar deseos o experiencias que, en otras circunstancias, resultarían más difíciles.

Sin embargo, esa misma desconexión puede hacer más difícil reconocer qué se desea realmente en cada momento. Los límites pueden volverse menos claros y la capacidad para detenerse, expresar una incomodidad o cambiar de opinión puede verse afectada.

Esto no significa que el consumo elimine automáticamente la capacidad de decidir, pero sí puede crear situaciones en las que la distancia entre lo que una persona desea, lo que acepta y lo que simplemente deja que ocurra se vuelva mucho más difícil de reconocer.

Algunas experiencias sexuales pueden vivirse después con confusión, malestar o arrepentimiento. Y es precisamente ahí donde aparece una pregunta psicológica importante: ¿qué ocurre con nuestros deseos y nuestros límites cuando necesitamos modificar profundamente nuestro estado para poder explorarlos?

Cuando las sesiones se convierten en hábito: consecuencias

El impacto del chemsex no se limita a lo que ocurre durante una sesión. Con el tiempo, el consumo frecuente puede tener consecuencias psicológicas cada vez más incapacitantes y afectar de forma progresiva al funcionamiento cotidiano de la persona.

Pueden aparecer insomnio persistente, ansiedad, inestabilidad emocional, cambios intensos del estado de ánimo y dificultades para recuperar el equilibrio después de las sesiones. En algunas situaciones, el deterioro psicológico puede incluir ideación paranoide y, en los casos de mayor gravedad, ideación suicida, una señal que requiere atención profesional inmediata.

Cuando el chemsex empieza a ocupar cada vez más espacio

Uno de los aspectos más preocupantes es la progresiva pérdida de equilibrio emocional. Las sesiones, el consumo y los periodos posteriores de recuperación pueden empezar a interferir con el trabajo, las relaciones sociales, la pareja, los vínculos afectivos y la capacidad para mantener rutinas y proyectos personales.

A veces, las sustancias dejan de estar vinculadas exclusivamente a determinadas sesiones y se convierten en una parte cada vez más necesaria de la experiencia sexual. El sexo sin consumo puede vivirse como menos intenso, poco estimulante o incluso difícil de mantener.

Poco a poco, la sexualidad puede quedar condicionada por una asociación cada vez más fuerte entre sexo, excitación y consumo.

En algunos casos, la persona llega a percibir su propio entorno como una fuente constante de estímulos y tentaciones. Las aplicaciones, los contactos y la facilidad para acceder a determinadas dinámicas pueden hacer que vivir en una gran ciudad se convierta en una dificultad añadida. Algunas personas llegan incluso a plantearse cambiar de ciudad o alejarse de su entorno habitual como una forma de romper con estas dinámicas.

El problema deja entonces de afectar únicamente a la vida sexual. Cuando una parte creciente de la vida empieza a organizarse alrededor de las sesiones, el consumo y la recuperación posterior, el chemsex puede terminar condicionando el funcionamiento profesional, social y afectivo de la persona.

Con frecuencia, es precisamente en este momento —cuando la pérdida de control y el deterioro de la vida cotidiana se hacen más evidentes— cuando se empieza a buscar ayuda profesional.

Chemsex: ¿Quién busca tratamiento?

Las personas no suelen buscar ayuda profesional simplemente por participar en sesiones de chemsex. Con frecuencia, la preocupación aparece cuando las consecuencias empiezan a hacerse visibles en otras áreas de su vida: las relaciones sociales, el trabajo, la pareja o la propia sexualidad.

En algunos casos, el deseo sexual se altera y puede aparecer una búsqueda casi constante de estimulación o fantasías sexuales. En otros, el sexo sin consumo pierde progresivamente interés y mantener relaciones sexuales sobrias empieza a resultar difícil. Construir una intimidad afectiva satisfactoria también puede volverse cada vez más complejo.

A veces puede aparecer la sensación de vivir dos formas muy distintas de relacionarse con el sexo y la intimidad.

Por un lado, puede existir el deseo de construir vínculos afectivos estables, disfrutar de la intimidad y compartir una vida con otra persona. Por otro, la búsqueda de intensidad, gratificación inmediata o experiencias sexuales sin implicación emocional.

El problema no está necesariamente en que ambos deseos coexistan, sino en vivirlos como incompatibles. Cuando una parte de la propia sexualidad se experimenta con vergüenza o se mantiene completamente separada de la vida afectiva, puede aparecer una sensación de división interna difícil de sostener.

No siempre resulta sencillo integrar satisfacción sexual e intimidad afectiva. Y cuanto mayor es la distancia entre ambas, mayor puede ser el esfuerzo necesario para mantenerlas separadas.

Chemsex: ¿por qué?

Percy Fernández Dávila en su excelente investigación nos propone una lista muy variada de razones para entender el fenómeno. Entre ellas, se pueden destacar:

  • El deseo de experimentar más a nivel sexual.
  • La voluntad de alcanzar un mayor nivel de desinhibición y de seguridad personal.
  • El deseo de contactos sociales, de conocer otras personas o de sentirse parte de un grupo.
  • Una búsqueda de intimidad y de contacto emocional a bajo coste afectivo.
  • El deseo de desconectar y perder el control para no pensar en ciertos problemas estresantes. Circumstancias en la familia, en los afectos o en el trabajo. También por no poder aguantar cierta presión impuesta por uno mismo o por los demás.
  • El querer sentirse validado como persona sexual y fisicamente. También el poder tener acceso a hombres que en situaciones normales podrían parecer inaccesibles.

Cuando la práctica del chemsex empieza a convertirse en un hábito, quizá sea importante mirar más allá del sexo y preguntarse qué deseos, carencias, necesidades, experiencias personales o frustraciones se están canalizando a través de él.

Necesidades.

Participar en una sesión de chemsex puede estar relacionado con la búsqueda de placer, diversión o nuevas experiencias. Pero cuando el consumo empieza a resultar imprescindible, el sexo sin sustancias pierde interés o determinadas dinámicas se vuelven difíciles de abandonar, el peso psicológico de esta conducta es diferente.

La cuestión entonces no es únicamente cuánto se consume o con qué frecuencia se participa en una sesión. La pregunta es otra:

¿Por qué se ha convertido en algo necesario?

Esta pregunta puede ser un buen punto de partida para iniciar un proceso terapéutico. Las respuestas suelen ser complejas y, en ocasiones, requieren tiempo y trabajo. A veces es necesario mirar hacia atrás y comprender patrones, necesidades y formas de relacionarse con uno mismo y con los demás que se han ido aprendiendo y consolidando poco a poco.

Mientras tanto, podemos quedarnos con una pequeña reflexion.

El sexo no es ni malo ni sucio. Al contrario: es una parte importante del crecimiento de una persona, a nivel social, afectivo y emocional. Poder disfrutar hoy de una sexualidad más libre y alejada de tantas hipocresías es una conquista. Pero, como cualquier conquista, también requiere responsabilidad.

A veces, la mejor manera de cuidarse y la libertad más revolucionaria y transgresora consiste precisamente en poder decidir de forma consciente sobre lo que hacemos, lo que deseamos y los límites que queremos poner.

Quizá la verdadera libertad sea poder decir, bien despierto y desde uno mismo:

«Esto me gusta. Esto no. Y esto quiero vivirlo de otra manera».